Y EL CHICO DE BROOKLYN SE HIZO MAYOR

 
 
 Theathre poster

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Ya ha llovido desde que Shelton Jackson Lee, más conocido por Spike Lee (Atlanta, 1957) dejara atrás su Georgia natal y se instalara en lo que él suele llamar la República Popular de Brooklyn (New York), pero no olvida sus orígenes.
No lo olvidó en sus inicios al llamar a su productora “40 acres y una mula” que era la indemnización con la que se intentó resarcir a los esclavos negros liberados tras la guerra de secesión americana y sigue sin olvidar ahora, firmando una película como 'BlacKKKlansman” (Infiltrado en el KKKlan) sobre la investigación como infiltrado de un agente de policía negro dentro del grupo racista Ku Klux Klan, en la época del auge en la lucha por los derechos civiles de la población negra.

A Lee le disgusta que le encasillen y es comprensible, pero, muy a su pesar, es difícil no reconocerle como el cineasta afroamericano por excelencia tras haber firmado joyas como “Malcolm X” “Jungle Fever” o “Do the Right Thing”, películas icónicas de temática racial en las que Spike Lee se mueve con una maestría difícil de igualar.

 

Y en “BlacKKKlansman” lo vuelve a hacer. Sabe cómo hacerlo.

La cinta narra la historia del agente Ron Stallworth, infiltrado de forma peculiar en la organización supremacista blanca, que consiguió llegar hasta el mismo David Duke, autoridad máxima del Klan.
A lo largo de los más de 120 minutos de metraje, habitual en Lee, se disecciona con detalle la América de los años 70, los históricos grupos de activistas por los derechos de la población afroamericana, entre los que destaca la recreación del discurso de Stokely Carlmichael y el emocionante relato en primera persona del histórico cantante y activista Harry Belafonte, quien desde sus más de 90 años se convierte en cronista excepcional de la época más dura de la segregación racial.
El Klan aparece como lo que siempre ha sido, un grupo de descerebrados peligrosos, objeto de la burla y el desprecio del director que los caricaturiza sin piedad, como no podría ser de otra manera.

Para quien escribe esta líneas, esta no es la mejor película de Lee, pero si es de las buenas, porque los grandes lo hacen bien y en ella se reconoce al Spike Lee que no oculta su activismo, ni escatima un instante para incluir y lanzar todo tipo de códigos y mensajes que le diferencian del resto: desde el título de la película que juega con el del largometraje de D. W. Grifith “ The Clansman”  aclamada en los años 30 como una obra maestra del género y de alto contenido racista, hasta los discursos radiofónicos reales del Klan que subyacen como una voz en off en determinadas escenas y por supuesto, el montaje final que no deja impávido a nadie y  avisa de su paralelismo con los tiempos actuales.

 

Y ese es el cine de Spike Lee, directo, personal, concienciado, molesto para muchos, reconocible para cualquier buen aficionado y de obligado visionado para la afrodescendencia.

Aunque el maestro ya haya superado cualquier etiqueta. Él puede, se ha hecho mayor.

Por Ana Bibang