Racismo, ¿cuestión de ignorancia o... de estrategia?

 
  Retirada del Monumento a A. Lopez y Lopez. 

Retirada del Monumento a A. Lopez y Lopez. 

 

12:20 del mediodía del domingo 11 de Marzo de 2018, la estatua de Antonio López y López, Marqués de Comillas, es sacada de su pedestal para ser conservada en otro lugar: el centre de col.leccions de MUHBA.

Después de años de lucha por parte de organizaciones como SOS racisme y Tanquem els CIE’s y una posterior e incansable recogida de firmas, la apropiación de la reivindicación por parte de Ada Colau ha dado sus frutos: los medios de comunicación no tardan en cubrir la noticia. Las cámaras dan muy buenas perspectivas del acontecimiento, los y las periodistas explican los hechos y entrevistan a los y las presentes. Hablan caras blancas, claro está. Si no hay personas negras en este país para representar al rey Baltasar, menos aún para ser entrevistadxs en un acto antirracista, decolonial y de reparación histórica hacia el colectivo afrodescendiente. Tiene un calibre demasiado intelectual.

 En este acto no falta la contraargumentación, la herencia genética y económica habla desde su heredada posición de poder: el prohombre Marqués de Comillas, uno de los pocos exponentes de la memoria histórica náutica de la ciudad que, gracias a su gran capacidad emprendedora, pasó de ser pobre a rico. De su prosperidad económica nacieron Transatlántica y Tabacos de Filipinas, empresas que, con humilde generosidad, impulsaron la economía de la urbe.

 El hecho de banalizar, invisibilizar y caricaturizar el esclavismo es propio de lo que Houria Bouteldja llama  “la inocencia blanca”, es decir, la facilidad con la que la gente blanca se permiten el lujo occidentalocéntrico de negar tal realidad con la palabra, personas blancas que se lavan las manos y también las de sus antepasadxs ante el legado estructural, social y político de tal racismo, hoy día, llamado desigualdad. El racismo parece quedar relegado únicamente a la esclavitud, lejos en el espacio y el tiempo, en aquellos malos tratos propinados en campos de algodón que nos contaron que existían pero que nunca vimos.

 Ya en el año 1968, George W Balla dijo “por lo menos, durante las próximas décadas, el descontento de las naciones más pobres no significará una amenaza de destrucción del mundo. Por vergonzoso que sea, es limitado el poder de los países pobres”. Basándome en sus palabras, en mi pensamiento está que en la actualidad, se refleja muy bien esta realidad, no sólo por la dicotomía vencedores-perdedores, sino por el arte estratégico ideológico que ha llevado consigo que los vencedores blancos y sus banderas de Estado, mediante la colonización, la usurpación de bienes materiales, la expropiación y exterminio y la manipulación cultural hayan conseguido matar dos pájaros de un tiro: sellar con la marca de la raza una naturaleza de sumisión que lleva a que los perdedores se vean acomplejados con su realidad, ante la falta de aceptación blanca y que deban de pasar por un proceso de blanqueamiento para verse normalizadxs y, en segundo lugar, minimizar los daños ocasionados hablando poco nada de ello, mediante una epistemología única y universal enmarcada en una centralidad del poder que les permite referirse a las minorías étnicas, a la otredad, a esas realidades “subdesarrolladas” a quienes ayudan a desarrollarse mediante proyectos de cooperación internacional.

 Desde un marco interpretativo parece haber tres realidades en este tablero de juego:

1. Una derecha con una posición clara y firme: negar el pasado esclavista y ensalzar lo económico.

2. Una izquierda de doble rasero, a la que con la etiqueta antirracista, le dan permisibilidad a ciertos actos de reparación histórica decolonial pero continúan inmóviles e impermeables a cualquier crítica constructiva que llegue desde la tercera e invisibilizada posición:

3. La población racializada, la cual es mantenida al margen, figura en el extrarradio de la opinión pública, en una ilegalidad necesaria para que esta minoría étnica siga en una minoritaria posición política.

Así pues, en términos de reparación histórica afrodescendiente, sería necesario que dicho acto simbólico no fuera fruto de la toma interseccional del problema negro que le permite a la buitrera política adjudicarse una victoria y, con ello, ganarse a una parte del electorado negro que sí puede votar, sino que la reparación pasara por el análisis de la raíz y que fueran los y las afrodescendientes quienes decidan cómo reparar la historia.

Por Irina Illa Pueyo